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La Ingeniería de Dios

Jan 26, 2013   //   by Lloyd   //   Blog, Evangelismo  //  No Comments

Desde el principio del tiempo, dándose cuenta de una distancia enorme que existe, la gente ha estado obsesionada con el deseo de superar el abismo que los separa de Dios.  Pero ¿cómo? se preguntan.

 

Saben que Dios en esencia es totalmente otro, totalmente diferente.  Por eso tienden a pensar en Dios en términos altos y remotos: Perfecto, Santo. Imponente.  En su mente el hecho de que Él es SANTO impone una gran distancia entre Creador y creación.  Las implicaciones de esta realidad eran importantes:  si no estaban ni siquiera cumpliendo con sus propias reglas morales, y Dios es tan santo, entonces pensaban que las reglas de Dios debían ser imposibles de cumplir.  Pensaban, “¡Esto requeriría un esfuerzo sobrenatural si vamos a tener éxito en llegar a Dios!”

 

A través de los siglos, aparecieron religiones que trataban de contestar la pregunta que estaba en la mente de todos: ¿Cómo podemos llegar a un Dios Santo? Solución tras solución surgió, esperando colocar un puente sobre ese abismo que existía, pero todas tenían algo en común: el esfuerzo para lograr cruzar ese abismo siempre empezaba del lado humano.

 

Todo el mundo parecía estar de acuerdo de lo que la gente tenía que hacer para llegar a Dios era volar más recto, orar más fuerte, vivir más noblemente, ser más religioso y dedicarse a obras caritativas.   La idea era que la cantidad de esfuerzos morales masivos, durante toda una vida, de alguna forma les daría el derecho de estar cerca de Dios.  Pensaban que “Dios mediante”, al final de nuestros días, habríamos hecho bastante bien como para llegar al otro lado y disfrutar de una relación viva y vibrante, con Dios por toda la eternidad.

Haz un estudio tú mismo(a) de las religiones.  A ver si no estás de acuerdo no sólo en que cada religión mundial importante sugiere que trates de construir un puente sobre ese abismo por medio de tus propios esfuerzos, y que tampoco te ofrecen ninguna evidencia o seguridad de que en realidad lo podrás lograr antes de morir.

 

Digo, cada religión excepto una: el cristianismo bíblico.

 

La Biblia dice algo sorprendente sobre cómo lograr cruzar el abismo entre Dios y el hombre.  Dice que Dios también vio ese abismo que separaba al hombre y a la mujer inmoral – como tú y yo – de Él.  Él vio la distancia infinita por lo que es – más enorme de lo que ningún humano jamás podrá superar.  Dios sabía que ningún esfuerzo humano – ningún intento humano de llegar al otro lado del abismo – jamás sería suficiente como para cruzar ese abismo.  Así que, motivado por amor, Dios se dio a la tarea Él mismo de proveer un camino sobre ese abismo.  Él puso el fundamento.  Él construyó un puente que cruzó la distancia enorme, para llegar al hombre pecador.  Envió a su Hijo, Jesucristo, para morir en una cruz por nosotros – esa cruz serviría como el puente por excelencia.

 

Fue necesario mucho trabajo para construir ese puente único, pero el deseo de Dios de superar ese abismo para tener una relación con nosotros fue así de grande.  Después de horas de labor agotadora que demandó la sangre física de Jesús, Su sudor y  Sus lágrimas, Dios declaró que su puente ya estaba abierto al público, listo para que cualquier persona dispuesta a caminar sobre Él pudiera cruzar y tener vida nueva en Él.

 

Adaptado de “Las Buenas Nuevas de Dios” por Bill Hybels, en su libro Just Walk Across the Room

¿Qué Significa “Creer en Dios”?

Jun 18, 2012   //   by Lloyd   //   Blog, Evangelismo  //  1 Comment

En Summit en Español hemos hablado mucho sobre la diferencia entre la religión y una relación personal con Dios. Se ha hablado mucho de “creer en Dios” como un paso básico para establecer una relación personal con Dios. Pero, ¿qué significa creer en Dios? ¿No es que todos nosotros hemos creído en Dios desde que éramos niños?

Hace unos años tuve un amigo que siempre cuando le hablaba de Jesús me aseguraba que era cristiano, pero por su forma de vivir era evidente que no era un seguidor verdadero de Jesucristo. Jesús dijo, “De modo que ustedes los reconocerán por lo que hacen. (Maleo 7:20) Sin embargo, cuando le preguntaba a mi amigo si creía en Jesucristo, afirmaba que sí, y era sobre esta afirmación que se basaba para llamarse cristiano.

Por mucho tiempo no encontraba la forma de hablar a fondo con él porque manejaba el vocabulario cristiano y sabía contestar bien las preguntas que yo le hacía. Pero se me hacía difícil creer que realmente fuera cristiano. Un día le pregunté si estaría dispuesto a permitir que Cristo controlara y dirigiera su vida. Me contestó enérgicamente: “¡Eso sí que no! ¡Nadie me dice lo que tengo que hacer! Yo soy dueño de mi vida y no permito que nadie se meta en ella sin mi consentimiento.”
Es evidente en la experiencia de mi amigo, y en la de muchas otras personas, que lo que hace falta es una comprensión real de lo que significa creer en Dios.

Una investigación aún superficial de la Biblia sobre el tema de cómo puede uno tener una buena relación con Dios revela que el tener fe o el creer en Jesucristo es fundamental para establecer y mantener este tipo de relación.
Jesús, hablando con un hombre muy religioso, le dijo, “ Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él. El que cree en el Hijo de Dios, no está condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado por no creer en el Hijo único de Dios.” (Juan 3:16-18)

Una encuesta de latinoamericanos demuestra que la gran mayoría de ellos creen en Dios. Quizá no practican muy activamente su religión, pero sí creen en Él.

Sin embargo, preguntamos, ¿será este “creer” popular equivalente al “creer” que menciona las Sagradas Escrituras? La mayoría de la gente tiene fe en Dios . . . esto nadie podría negarlo. Pero, ¿será esta “fe” suficiente para tener una relación correcta con Dios?

El Apóstol Santiago dice en su carta: “Tú crees que hay un solo Dios, y en esto haces bien; pero los demonios también lo creen, y tiemblan de miedo.” (Santiago 2:19) La Biblia misma dice que los demonios “creen” en Dios. Pero ¡no por esto podemos decir que ellos se van a salvar, o que tienen una buena relación con Dios!

¿Qué significa, entonces, según la Biblia, creer en Dios, o tener fe en Jesús? ¿Qué les hace falta a los demonios para estar bien con Dios, si “creen” en Él?

Cuando la Biblia nos habla de la necesidad de creer en Jesús para entablar una buena relación con Dios, apela a la totalidad de la personalidad humana. Así que para creer hay que involucrar el intelecto, las emociones y la voluntad. Y hasta que estas tres facetas de su personalidad se unifiquen en una decisión de entregar el control de su vida a Jesucristo en un acto de fe, no podremos decir que ha creído en Jesús.

A veces me gusta explicarlo de esta forma: Cuando conocí a la que ahora es mi esposa, muy pronto empecé a involucrarme emocionalmente con ella. Me empezó a gustar, y este gustar con el tiempo se tornó en amor. Con el paso del tiempo me dí cuenta que tenía las cualidades de una esposa ideal. Amigos mutuos me convencieron de que haríamos una buena pareja.

Pero cuando llegué al punto de decidir si quería casarme con ella, me detuve un buen rato. Pasé dos semanas horribles. No podía comer, no podía dormir, no podía estudiar. No podía hacer nada porque estaba en una tremenda lucha con mi voluntad. No estaba seguro de que quería comprometerme de por vida con esa persona. No estaba seguro de que estaba dispuesto a responsabilizarme por los niños que vendrían de tal unión. ¡No estaba seguro que quería compartir con esa señorita todo mi sueldo por el resto de mi vida! Emocionalmente me daba cuenta de que mi vida sin ella sería vacía. La quería mucho. Intelectualmente estaba convencido de que ella haría una buena esposa para mí. Pero el problema era con la voluntad. Ella no llegó a ser mi esposa hasta que resolví ese conflicto y tomé la decisión de pedirle su mano en matrimonio y me casé con ella.

Lo mismo pasa con nuestra relación con Dios. Intelectualmente estamos convencidos de que existe, de que Jesús de Nazaret vivió, murió y resucitó, de que es Dios. Emocionalmente tenemos momentos cuando sentimos la necesidad de Dios en nuestras vidas. Nos damos cuenta de que nuestra vida sin Él es vacía. En momentos de gran necesidad, en momentos de gran emoción, deseamos estar cerca de Dios. Pero cuando viene al asunto de comprometernos con Él, cuando nos damos cuenta de que lo que Dios demanda es que le obedezcamos, que le demos el derecho de gobernar en nuestras vidas, de cambiarnos, no estamos tan seguros de que estamos dispuestos a echarnos ese compromiso encima. Algo que nos detiene es la duda: ¿qué pasa si le entrego el control de mi vida y no me gusta el resultado?

En el momento de tomar esta decisión en fe, somos muy semejantes al hombre que observa a un trapecista cruzar varias veces una cuerda tendida entre dos edificios altos. Luego la cruza varias veces con una carretilla. Si se nos preguntara si creemos que lo puede hacer, probablemente afirmaríamos que sí. Lo hemos visto hacerlo varias veces. Pero si nos preguntara si estaríamos dispuestos a montarnos en la carretilla para que nos cruzara de un lado a otro, ¡allí sí que no nos moveríamos! porque estaría en juego nuestra vida.

Pero Dios pide este tipo de creer en Jesús al poner nuestra vida en sus manos para que Él nos pase de un lado a otro: para que crucemos por medio de Él ese abismo de pecado que nos separa de Dios. Tener esa seguridad de que Jesús no nos dejará caer ni que resbalaremos es tener fe en Él.

La persona que no duda de la existencia de Dios y que aún siente una necesidad de Dios de vez en cuando, pero que no está dispuesta a someter su voluntad a la de Dios no puede decir que “cree” o “tiene fe” en Dios, en el sentido bíblico de la palabra.

Jesús le dice, “Mira, yo estoy llamando a la puerta; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos.” (Apocalipsis 3:20) El abrir su vida a Jesús, es cierto, tiene que ver con creer que Él existe y tiene que ver con el deseo de tener a Dios consigo. Implica buscar de Él el perdón de sus pecados, por los errores que usted ha causado en su vida y en la de otras personas. Pero también implica estar dispuesto a que Dios lo cambie, de que lo dirija, de que sea no sólo el Salvador sino también el Señor de su vida. Y sin esto, no hay trato, no hay ese nuevo nacimiento que Jesús les promete a los que creen en Él. En la introducción a su biografía de Jesús, el Apóstol Juan dice, “Pero a quienes lo recibieron y creyeron en él, les concedió el privilegio de llegar a ser hijos de Dios.” (Juan 1:12)

¿No te gustaría experimentar este cambio, este nuevo nacimiento de que habla Jesús en el Evangelio de Juan, capítulo tres? El ser cristiano no es algo que heredamos de nuestros padres, o algo que nos da nuestra cultura. El llegar a ser un hijo de Dios, un cristiano, es un acto de la voluntad de una persona adulta (razonante). Tiene que haber un momento en su vida cuando decide por usted mismo que quiere entregar su vida a Jesús para que lo perdone, lo cambie, lo dirija y lo salve.

Tomando en cuenta la definición bíblica de creer en Jesús, de tener fe en Dios, ¿puede usted decir que ha tomado conscientemente esta decisión de depositar su vida en las manos de Dios en un acto de fe?

Si de alguna forma usted tiene interés genuino en conocer esta nueva vida en Jesús, nosotros en Summit en Español podemos ayudarlo(a) a evaluar su relación con Dios, y podemos ayudarlo a considerar las implicaciones para su vida de la persona de Jesús de Nazaret. Venga con nosotros y descubra lo que Dios quiere para usted. Con mucho gusto nos ponemos a su disposición.

Lloyd Mann

Te Voy a Revelar el Secreto

Feb 9, 2012   //   by Lloyd   //   Blog, Evangelismo, Grupos Pequeños  //  1 Comment

¿Cuántas veces no hemos visto anuncios que dicen algo como “Te voy a revelar el secreto de perder peso sin ejercicio ni dieta” o “Te voy a revelar el secreto de tener un cuerpo de fisioculturista haciendo sólo 10 minutos de ejercicio diarios”? La gran mayoría de nosotros sabemos que son engaños. Nada de valor en la vida se logra tan fácilmente.

Recientemente una persona me pidió mi opinión sobre cómo mejorar el evangelismo personal y el impacto de nuestra iglesia en la comunidad. Las sugerencias que rápidamente vienen a la mente serían:

  • Programar un tiempo cada semana para que como iglesia salgamos a evangelizar puerta por puerta o en sitios públicos
  • Entrenar a nuestra gente en cómo presentar el evangelio en una forma concisa y culturalmente apropiada
  • Proveerles a los miembros tarjetas de presentación y volantes que invitan a la iglesia

No estoy muy a favor del primer punto, a menos que sea una forma de entrenar a la gente a compartir y a expresar su fe. Aunque sin duda a veces algunos se alcanzan en esta forma, como método de producir discípulos verdaderos de Jesucristo, es limitado. El segundo punto es muy importante, pero en sí no va a lograr lo que se busca. El tercero es importante, pero sólo en el sentido de proveer un recurso que pueda abrir una conversación, o quedar en la mente de la persona para alguna fecha futura. Cada punto podría ser bueno, pero sólo como parte de algo mayor.

Entonces, ¿cuáles respuestas podríamos dar para esta inquietud? La respuesta que yo le di no es fácil ni rápida: tenemos que lograr que nuestra gente forme amistades significativas con no creyentes y pase tiempo con no creyentes. Sólo así podrán aprovechar en forma efectiva los últimos dos puntos anteriores. (Desafortunadamente para los dos años de haber entregado su vida a Cristo, la mayoría de los nuevos creyentes ya no tienen amigos no creyentes cercanos. Por lo general, el nuevo creyente va centrando su vida alrededor de sus amigos cristianos, dejando a sus amigos inconversos, o sus amigos inconversos lo van rechazando y cerrando las puertas de oportunidad.)

Hace un tiempo estuve leyendo en 1 Corintios y al final de mi lectura bíblica me tocó leer el capítulo 9. Me llamó mucho la atención lo que el Apóstol Pablo dice en los versículos 19-23:

19 Aunque soy libre respecto a todos, de todos me he hecho esclavo para ganar a tantos como sea posible.20 Entre los judíos me volví judío, a fin de ganarlos a ellos. Entre los que viven bajo la ley me volví como los que están sometidos a ella (aunque yo mismo no vivo bajo la ley), a fin de ganar a éstos.21 Entre los que no tienen la ley me volví como los que están sin ley (aunque no estoy libre de la ley de Dios sino comprometido con la ley de Cristo), a fin de ganar a los que están sin ley.22 Entre los débiles me hice débil, a fin de ganar a los débiles. Me hice todo para todos, a fin de salvar a algunos por todos los medios posibles.23 Todo esto lo hago por causa del evangelio, para participar de sus frutos. (1 Corintios 9:19-23 NVI)

Se me ocurre que la forma que usó el Apóstol Pablo fue muy diferente a lo que nosotros pensamos cuando pensamos en el evangelismo.

Pablo dijo que aunque era libre, se hizo esclavo para ganar a tantos como fuera posible. Eso implicó un cambio significativo en su estilo de vida. Implicó tener una flexibilidad increíble en su forma de ser y actuar. “Volverse judío” o “volverse sin ley (para los gentiles)” o “hacerse débil” o en resumen, “hacerse de todo para todos, a fin de salvar a algunos por todos los medios posibles” no se asemeja en nada a ir de puerta en puerta pidiendo dar una presentación breve del “evangelio”.

Pero siento que en este pasaje Pablo nos dijo, “Te voy a revelar el secreto de mi éxito en alcanzar a las comunidades donde he trabajado . . . .” Algunos dirían, “Desafortunadamente eso no se puede programar.” Yo diría “Afortunadamente eso no se puede programar.” El evangelismo no es algo que uno programa. Es algo que fluye de quienes somos en nuestra relación con Cristo. No podemos compartir vida vibrante y vital si no tenemos vida vibrante y vital. Se puede programar salir a tocar puertas, pero la extensión exitosa del evangelio siempre ha sido a base de compartir vida con personas en derredor de los cristianos.

¿Habrá algo, entonces, que un líder de iglesia o de un grupo de estudio bíblico puede hacer para estimular a su gente a evangelizar más? Claro que sí. Pasar visión, motivación espiritual, y entrenar a la gente en cómo expresar claramente el mensaje del evangelio son cosas que uno puede programar. Pero probablemente lo más importante que un líder puede hacer es:

  • En primer lugar, reconocer que sólo Dios puede hacer que su gente tenga esta vida vibrante y quiera compartir esa vida con otros . . . y reconociendo esto, el líder debe dedicarse a mucha oración para que Dios lo haga, porque él, como líder, no lo puede producir.
  • Motivar a su gente a empezar a orar para que Dios obre eso en ellos.
  • Integrar en su vida, y en la vida de sus miembros, las disciplinas de un discípulo, como lo hizo Jesús y Pablo.

Lloyd Mann

Intelecto, Emociones y Voluntad

Jan 19, 2012   //   by Lloyd   //   Blog, Evangelismo  //  2 Comments

Hace un tiempo en el estudio bíblico de los estudiantes y profesionales latinos empezamos el tercer estudio del Evangelio de San Juan.  La Nota al pie de la primera página dice: “Creer es más que sentir o aceptar que algo es verdad.  Una fe madura es un acto del intelecto, una convicción basada en una investigación personal de los hechos.  Es un acto de la voluntad también; basado en esa convicción, decidimos creer y vivir lo que creemos.”

Esta nota llevó al grupo a una discusión sobre el papel del intelecto, las emociones y la voluntad en el “creer bíblico” o “tener fe” en el sentido bíblico de la palabra.

A continuación comparto algunos pensamientos que vimos ayer:

Involucrando a la Personalidad Completa

Al principio de mi ministerio entre latinoamericanos luché con varias  dificultades.  Luché especialmente con el problema del vocabulario tan similar entre lo que yo les decía a los estudiantes universitarios y lo que ellos escuchaban todo el tiempo en su propia religión.  Me acuerdo de un estudiante dominicano que asistía a las reuniones de “Música y Diálogo” que teníamos en nuestro Centro Estudiantil todos los viernes por la noche.  Durante mucho tiempo estuve compartiendo el evangelio con él, pero cuando le hablaba de confiar en Cristo, me respondía, “Yo siempre he confiado en Cristo.”  Cuando le hablaba de aceptar a Cristo, me respondía, “Yo siempre he aceptado a Cristo, y lo acepto todos los días.”  Si le hablaba de pedir en fe que Dios le perdonara, me respondía, “Eso es algo que hago a menudo.”

No encontraba forma de penetrar más allá de las palabras que él y yo usábamos, pero que yo sabía que tenían un significado diferente para él.  Era evidente que él sentía una necesidad de tener a Dios en su vida.  No dudaba de la existencia de Dios.  Daba fe de amar a Dios.  Pero también era evidente que no era un hijo de Dios porque su vida no reflejaba las cualidades que la Biblia menciona como características de una nueva criatura.  Pero ¿cómo hacerle ver que no era un hijo de Dios?  Me afirmaba todo lo que le decía.

Un día se me ocurrió preguntarle, “Sí, ¿pero estarías dispuesto a que Dios entrara en tu vida para cambiarte y controlarte?”  De una vez reaccionó bruscamente diciendo, “¡Eso sí que no!  ¡Nadie me dice lo que tengo que hacer!”  Sabía de una vez que había puesto el dedo sobre una llaga que era importante, pero todavía me llevó tiempo entender su significado.

He llegado a la convicción de que para que una persona experimente el nuevo nacimiento es necesario que toda su personalidad se involucre en la decisión.  Para asuntos de un análisis del ser humano muchas personas nos dicen que hay tres facetas de la personalidad: la mente, las emociones, y la voluntad.  Esas tres facetas se encuentran exactamente en el centro del proceso humano de tomar decisiones y si no se involucran en una decisión de fe, no hay trato.

La Mente

En América Latina la mayoría de las personas no tienen un problema intelectual con la existencia de Dios.  Eso está cambiando poco a poco en esta época posmodernista.  El Marxismo también ha convencido a muchos de que el concepto de “dios” es la creación de una mentalidad débil, oprimida.  Donde existan estos estorbos a la fe, hay que dedicar tiempo para resolver esas dudas.  La población estudiantil es un sector donde uno encuentra un mayor número de personas que en sus mentes no están seguros de que Dios exista, de que Jesucristo realmente vivió, murió y resucitó.  Uruguay es un país muy secular, y su población tiene un alto porcentaje de personas que tienen dudas intelectuales en cuanto a las doctrinas básicas de la fe cristiana.  La apologética nos puede servir en estos casos, pero tenemos que saber que la razón en sí nunca va a llevar a una persona a la salvación.  Si estamos trabajando con un escéptico, ayuda tener bases apologéticas, pero nuestro trabajo principal no es el de defender la fe, sino el de presentar la verdad porque la Palabra de Dios es “viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.”. (Hebreos 4:12).  No importa que la persona no crea en la autoridad de la Biblia.  No importa que la persona no crea en la inspiración divina de la Biblia.  Es una espada filosa aunque la otra persona no lo crea.  Pero una persona nunca va a nacer de nuevo si mentalmente no esta convencida de la veracidad del contenido del evangelio.

Al evangelizar no es necesario que trates de convencer a las personas de que la Biblia es la Palabra inspirada de Dios.  Tampoco debes sentir la necesidad de tratar de resolver todas las dudas que tengan sobre la Biblia y las supuestas contradicciones que contiene.  Sí, debes prepararte, hasta donde sea posible, para contestar dudas que tengan los no creyentes sobre la Biblia, pero el camino hacia la vida nueva en Cristo no es a través de un convencimiento intelectual de que la Biblia es inspirada o que no contiene errores.  El secreto del convencimiento que da el Espíritu es el contacto con la Palabra de Dios.

Las Emociones

Otra vez en América Latina mayormente no hay problema con esta faceta de la personalidad.  La gran mayoría de la gente ama a Dios, siente una necesidad para Dios, siente emociones positivas hacia Dios (aunque a menudo los abusos de algunas iglesias institucionales provocan emociones negativas).  Algunos dirían que hay un exceso de fervor religioso en nuestras culturas que resulta en un fanatismo.  Pero sea lo que sea, mayormente no hay duda de que emocionalmente los latinoamericanos se sientan atraídos hacia Dios.  Le rezan, buscan su favor, orientan mucho sus vidas alrededor de tradiciones religiosas.

La Voluntad

Si estas tres facetas de la personalidad yacen en el centro del proceso de tomar decisiones, el elemento de la voluntad yace en el mero centro del centro.  El problema de mi amigo dominicano fue su voluntad.  No estaba dispuesto a que nadie le dictara lo que tenía que hacer.  Sin embargo, la rendición de la voluntad es céntrica en el proceso de llegar a nacer de nuevo.  Nadie puede servir a dos señores.  Nadie puede mantener el control de su propia vida y a la vez ser seguidor de Jesús.  El problema principal del hombre no es tanto un problema intelectual, ni un problema de no sentir la necesidad para Dios.  El problema principal es que no quiere que Dios se meta con su vida, que “haga y deshaga” en su vida.  Y es por eso que aunque una persona acepte la existencia de Dios, la muerte y resurrección de Jesús, y aunque tenga sentimientos positivos hacia Dios y lo quiera, si no llega al punto de entregar su voluntad a Jesucristo, no hay trato, no hay nuevo nacimiento.  Toda invitación a que Jesús entre en la vida de uno es en su fondo una invitación a que sea no solamente Salvador sino también Señor de la vida.

Es cierto, Pablo y otros escritores bíblicos describen lo que se conoce como “cristianos carnales”.  Casi todos nosotros pasamos por un tiempo de crisis como cristianos en que tenemos que volver a afirmar el señorío de Cristo en nuestras vidas.  Pero esas luchas seguramente deben verse más bien como batallas para hacer efectivo en nuestra vida el señorío que le concedimos a Cristo en el momento de aceptarlo como Señor y Salvador.  Jesús siempre ha tenido problemas con las personas que se dicen ser seguidores suyos, pero que no han resuelto el tema del señorío en sus vidas: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lucas 6:46)

Una Ilustración

Muchas veces ilustro esto por medio de lo que a mí me pasó cuando conocí a la que sería mi futura esposa.  No me llevó mucho tiempo después de conocerla para que me diera cuenta de que ella haría una buena esposa para alguien.  Con el paso del tiempo me di cuenta de que ella haría una buena esposa para mí.  Tampoco pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que había algo más que amistad entre nosotros.  Empecé a sentir una atracción hacia ella que con el paso del tiempo iba madurándo en amor.  Así que intelectualmente estaba convencido.  Emocionalmente la amaba.  Pero cuando llegó el momento de tener que decidir si me casaba con ella o no, pasé por una lucha tremenda.  No podía comer, ni dormir, ni estudian, ni trabajar durante casi dos semanas porque estaba en una lucha con mi voluntad.

No estaba seguro de que me quería comprometer con una sola mujer de por vida.  No estaba seguro de que quería aceptar las obligaciones que tener hijos implicaría.  Y sucede que en aquel tiempo hacía poco que la compañía Ford había sacado al mercado su Mustang, y yo quería comprarme uno.  No estaba seguro de que podía casarme y comprarme mi Mustang, y ¡de veras que estaba en apuros en cuanto a cuál quería más!

Wilma no llegó a ser mi esposa hasta que yo resolví ese conflicto con mi voluntad.  Y Cristo no entra en nuestras vidas hasta que resolvamos ese conflicto con la voluntad.  Jesús no acepta ningún rival para nuestras emociones ni para el control de nuestra voluntad.

Cualquier presentación de las Buenas Nuevas que usemos tiene que tocar la personalidad completa del hombre: su mente, sus emociones y su voluntad, y las tres facetas del hombre tienen que estar de acuerdo con una decisión de invitar a Jesús a entrar en la vida para renovar y cambiar su mente, sus emociones y su voluntad.  Cualquier método que tiende a ignorar estas tres facetas, especialmente la faceta de la rendición de la voluntad, está destinado a producir profesiones de fe, pero no discípulos.

Lloyd Mann

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